La congelación de productos del mar plantea exigencias particulares frente a otros sectores. Preservar la textura, el color y la calidad organoléptica del producto requiere una velocidad de congelación muy alta, que evite la formación de macrocristales de hielo capaces de dañar la estructura celular, especialmente en piezas delicadas como cefalópodos y crustáceos.
A esto se suma la enorme variabilidad de formatos con la que trabaja el sector —piezas enteras, filetes, bloques, producto IQF— y la necesidad de adaptar cada línea a distintos calibres, desde camarón de pequeño tamaño hasta pescados enteros de gran volumen. La trazabilidad y el mantenimiento de una cadena de frío ininterrumpida son, además, requisitos críticos de seguridad alimentaria en toda la industria pesquera.